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la República de San Marino

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Una historia que comienza en el año 301 de la era cristiana.
En la República de San Marino el culto del Santo, al cual la leyenda reconoce el mérito de haber fundado la República, es un sentimiento entrañable y que se da por doquier.
Y es justamente la leyenda que nos transmite la figura de este picapedrero, que vino de la isla de Arbe en Dalmacia y que subió al Monte Titano y allí creó una pequeña comunidad de cristianos perseguidos por su fe en la época del emperador Diocleciano. No cabe duda de que la zona estuvo poblada desde los tiempos prehistóricos; sin embargo, sólo es en la Edad Media cuando tenemos noticias ciertas sobre la existencia de un Cenobio, una Iglesia parroquial, un castillo, elementos que convergen hacia la confirmación que en la cumbre del Monte Titano existía una comunidad organizada
.La autoridad del imperio se iba difuminando y el poder temporal del Papado aún no se había afianzado y aquí, como en otras ciudades de Italia, afloró la voluntad de los ciudadanos de plasmar una forma de gobierno. Nace la Comuna. Y si cada una de las ciudades italianas vincula su libertad a un Santo, la pequeña comunidad del Monte Titano, recordando la figura legendaria del picapedrero Marino, decide llamarse “Tierra de San Marino”, luego “Comuna de San Marino” y finalmente “República de San Marino”.
Estos fueron los orígenes del cuerpo social que confió su autogobierno a una Asamblea de jefes de familia que fue llamada Arengo, presidida por un Rector. Es a esta Asamblea, en el surco del culto a la paz y a la concordia, que debemos la definición de las primeras leyes, los Estatutos, inspirados en los principios democráticos. A la hora en que el cuerpo social crecía, fue nombrado a un Capitán Defensor para compartir la responsabilidad del Ejecutivo con el Rector.
Pero sólo en 1243 fue cuando fueron nombrados los dos primeros Cónsules, o sea los Capitanes Regentes que se sucedieron en el poder cada seis meses, sin interrupción hasta nuestros días, lo cual atestigua la validez y la eficiencia de las instituciones, antes que nada de los Capitanes Regentes. Y fue la sabiduría que inspiró a la antigua Comuna Sanmarinense que pudo el cuerpo social hacer frente a situaciones peligrosas y fortalecer su propia autonomía. Los acontecimientos fueron complejos y difíciles y los resultados a veces inciertos; sin embargo, el amor a la libertad contribuyó finalmente a conservar el patrimonio de autonomía de la cual se beneficiaba el Municipio.
Cabe destacar las contiendas con los Obispos de Montefeltro que pretendían el pago del tributo; sin embargo, al final son los sanmarinenses que prevalecieron y consiguieron la emancipación política y administrativa. Tampoco los sanmarinenses fueron ingenuos y defendieron los muros de sus ciudades con las legendarias ballestas, participando en las luchas al lado de los Montefeltro de Urbino, partidarios del partido gibelino. En la Edad Media, el territorio sanmarinense se extendía hasta una corta distancia del Monte Titano y así continuó hasta 1463 cuando los sanmarinenses participaron en la alianza con Sigismondo Pandolfo Malatesta, Señor de Rimini. La guerra fue exitosa y el Papa Pío II Piccolomini, para recompensar a San Marino por su participación en la guerra, le atribuyó los “Castillos” de Fiorentino, Montegiardino y Serravalle. El Castillo de Faetano se incorporó al territorio sanmarinense por dedicación espontánea. Desde 1463 no hubo cambios del territorio.
Dos veces fue ocupada militarmente la República, pero por sólo pocos meses: en 1503 por César Borgia apodado duque Valentino y en 1739 por el Cardenal Giulio Alberoni. Se desprendió de Borgia por la muerte del dictador y del Cardenal supo desprenderse por la desobediencia civil, frente al abuso, con el envío clandestino de mensajes para conseguir justicia al Sumo Pontífice quien reconoció el buen derecho que tenía San Marino y restableció su independencia.
Napoleón, en 1797, ofreció la extensión del territorio, dones y amistad a la República. Los sanmarinenses, sin embargo, con instintiva sabiduría, agradecieron el honor de estas ofertas, pero rechazaron la ampliación de su territorio “contentos con sus fronteras”.
En 1861, Lincoln manifestó toda su simpatía y amistad para con San Marino y escribió, entre otras cosas, a los Capitanes Regentes “Su dominio es pequeño pero su Estado es uno de los más honrados de toda la historia…” San Marino puede hacer alarde de una magnífica tradición de hospitalidad en todas las épocas. Esta tierra de la libertad nunca negó derecho de asilo y ayuda a los perseguidos por la mala suerte y la tiranía, con independencia de sus condiciones e ideas. Tan sólo dos ejemplos de los muchos que podríamos poner: Giuseppe Garibaldi, en 1849, sitiado por tres ejércitos después de la caída de la República Romana fue recibido y encontró salvación inesperada en San marino con sus compañeros supervivientes. En el último conflicto mundial, San Marino acogió a más de 100.000 refugiados.
Hoy en día la República de San Marino independiente, neutral y democrática sigue viviendo fiel a las antiguas tradiciones y siempre muy atenta y sensible a las instancias del progreso.